
Discordancia Kink
abril 20, 2020
Mi primer año como papá
junio 13, 2020Al Amo Leo, que regaló a puerco su primera ducha matutina hace dos años
La puerta negra se abrió. Pocos segundos después, un cuerpo desnudo se arrastró hacia la terraza. Movimientos inciertos seguidos por el ruido rítmico de unos mitones acolchados y el tintineo de la cadena de la correa. La cadena estaba sujeta a un grueso collar de goma, negro como también negra era la cabeza. Un cuerpo de goma sin ojos y una ancha correa de cuero que cubría la boca.
Una segunda figura salió de las sombras tras la puerta. La luz mostró a un magnífico hombre barbudo, con uniforme de cuero y botas negras. Sujetando la correa, pateó el trasero del animal para hacerse sitio. «Muévete puerco, apártate de la puerta».
Cualquiera que hubiera estado en la terraza habría presenciado cómo un cuerpo entintado se apresuraba a moverse como se le ordenaba, gimiendo «Sí, Amo» desde detrás de la gran mordaza. Pero no había vecinos que pudieran oír, ni prismáticos que pudieran espiar la terraza rodeada de muros.
Ése era el único mundo para el esclavo, que cargaba en la polla tantos anillos como años había cumplido como esclavo. Era el único momento en que aquel cuerpo sentía el aire fresco, la luz del sol tocando la piel. No lo echaba de menos en absoluto, pues el esclavo apreiaba el espacio que el Amo le había asignado para vivir.
El esclavo se inclinó. El Amo soltó la hebilla de la nuca y le quitó la mordaza con dureza. Babeando, el esclavo se arrastró hasta el rincón, donde los mitones encontraron el bebedero donde el esclavo orinaba. En silencio, esperó quieto hasta que pudo oír cómo la correa había sido fijada en la argolla de hierro de la pared, junto a la manguera.
A cuatro patas, enterró la cabeza entre las botas de su Amo, besó y lamió cada una de las botas, asegurándose de que la lengua presionara fuerte el empeine de los pies del Amo. El Amo quería sentir bien la lengua del esclavo, independientemente del grosor de las botas.
Sintió la cadena levantarse y tirar. Ese fue el momento de abrir la boca y esperar.
Independientemente de la estación o el tiempo, ése era el lugar de la ducha matutina. A veces bajo la lluvia fría, a veces en el calor abrasador del verano. Habían pasado ya años sin una cálida ducha matutina. A veces, tras haber servido con devoción a los tortuosos deseos del Amo, las heridas del esclavo recibían calor y cuidados adecuados. El agua caliente era un privilegio, un regalo que ayudaba a recuperar un cuerpo tembloroso que había sido llevado al límite por el castigo y la tortura. Pero no en las mañanas.
En cuanto la calidez y el sabor salado llegaron a la boca, la mente del esclavo volvió a ese momento, feliz de servir de urinario, pero más feliz por recibir la orina del Amo en el cuerpo. Eran las sobras del Amo lo que el esclavo recibía, lo que demostraba su máxima sumisión al Amo. Pero también se sentía como una comunión, ya que Él tomaba posesión de su cuerpo con el oro líquido. Era la marca diaria. No sólo marcado por fuera, sino también por dentro.
El agua fría llegó de repente. Normalmente, el Amo esperaba unos segundos antes de mojar al esclavo. Esta vez no. Le gustaba poner a prueba la resistencia dl esclavo que no tenía permitido gemir ni gritar. Un error y el Amo tendría una buena excusa para un duro castigo, ya que ese momento debía mantenerse en solemne silencio.
El esclavo permaneció callado hasta que su Amo terminó por completo, hasta que trajera la toalla áspera y fuera secado. El esclavo pudo oír que el Amo se sentaba, y se colocó delante, para servir de reposapiés. El Amo acarició el culo del esclavo, y acarició las heridas y morados que la vara dejó la noche anterior.
La oscuridad de la máscara no permitía ver el cielo azul, pero es esclavo apreciaba esos breves minutos que el Amo había decidido añadir a la salida matutina en la terraza, y sabía que el Amo disfrutaba contemplando las heridas de la vara, mientras torturaba la piel del esclavo con las suelas de las botas.
El esclavo, a cuatro patas, era feliz. El ritual matutino era un momento único de intimidad con el Amo.
La cadena tiró de la cabeza hacia arriba. «Fin del recreo, puerco. Hoy has tenido algunos minutos de más. Ahora pagarás cada uno de ellos». Era hora de volver a la mazmorra, adonde pertenecía el esclavo. Para servir y complacer a su Dios un día más.



