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Me despierta un ruido seco que parece venir de algún lugar por encima de mí. El peso de los grilletes me recuerda dónde estoy: atrapado, crucificado sobre la cama. La luz natural que se filtra por la pequeña rejilla del techo me hace suponer que ya es de día, aunque no sé qué hora es ni cuánto he dormido. El ruido me ha parecido el de una puerta al cerrarse, así que intuyo que mi Amo ha llegado.
Contengo la respiración para percibir cualquier sonido, pero los segundos pasan y el silencio persiste. ¿Habrá venido mientras dormía y se habrá ido? Giro la cabeza y la poca luz que se cuela me permite ver las sombras de la habitación. Es una celda pequeña, con paredes de piedra negra y un pequeño lavabo y retrete en un rincón. Una reja con puerta la separa de la escalera. Ahora que me fijo bien, parece más un cuarto de baño, pero con la dureza y el propósito de una celda. En la pared, cerca de la reja, mi Amo ha colocado dos argollas por encima de la altura de la cabeza y dos más a la altura de la cadera. Me imagino que también habrá un par cerca del suelo, aunque en esta posición no alcanzo a verlas.
Mi polla se excita y choca contra la jaula de metal que la aprisiona. Sé cuánto le gusta a mi Amo torturarme cuando me sujeta a la pared: a veces de frente para destrozarme los pezones y la piel con pinzas; otras veces, de espaldas para darme latigazos hasta que la piel queda rasgada e inflamada.
Oigo el sonido duro de Sus botas bajando por la escalera. Ha llegado. Vuelvo los ojos hacia el techo y los clavo en la rejilla, que me recuerda que ahora no pertenezco a ese mundo de luz y paz, y que empieza mi primer día de penitencia. Cuando le sirvo, no le miro a los ojos y no quiero que me encuentre inspeccionando el espacio.
Puedo vislumbrar Su sombra mientras la puerta se abre. Permanece en silencio, y yo hago lo mismo. Se acerca y me cubre la cabeza con la máscara de goma que tanto le gusta, la que solo tiene un agujero para la boca. Me gusta llamarla la «máscara de gusano», ya que anula mis sentidos, dejándome solo un hueco para chupar y lamer. El tintineo de una hebilla anticipa un nuevo collar que cierra la máscara. Siento que es el de goma, más delgado y duro que el habitual. Se toma un tiempo en liberarme de los grilletes y masajearme las zonas que han estado en contacto con ellos durante toda la noche. No las siento heridas, pero sí algo sensibles por el roce del metal.
No hay palabras, no hay caricias ni besos, y así debe ser. Solo me guía mi deseo de complacerle con mi dolor y mi entrega. Un gran agradecimiento me invade cuando la correa se cierra en el collar y me guía con firmeza para ponerme a cuatro patas en el suelo. El aroma acre y cálido de la goma penetra en mi nariz, excitándome y reconfortándome al arrodillarme.
A un restallido le sigue un dolor lacerante que recorre mi cuerpo desde el culo al cerebro, cual rayo y trueno. No puedo evitar gemir, pero no suelto ninguna palabra. Solo oigo Su respiración agitada por el placer sádico de torturarme por sorpresa. Me agarro a Sus botas y espero el segundo restallido, un sonido sordo seguido por el dolor de mi piel al romperse por el impacto de un látigo corto. Y otro. Y otro más. Cuento en mi cabeza, pero sé que esta vez no sé hasta dónde llegará. Las sesiones de gusano son pruebas de resistencia física y mental, y aunque siento la tranquilidad de que parará si digo las palabras de seguridad, necesito demostrarle que hoy aguantaré.
La pausa llega cuando he contado cincuenta. El cuero de Sus pantalones cruje en mis oídos al agacharse, y siento Su mano recorrer la piel dañada de mi culo. El contacto de Su mano me calma y me trae paz, a pesar del doloroso tacto en la piel. Se separa de mí, probablemente para dejar el látigo en la cama, y vuelve para tirar de mi cuello hacia la pared del fondo, donde intuyo que están las argollas.
Siento la firmeza de unas sujeciones cerrarse primero en mis muñecas, seguidas por otras que se ajustan en mis tobillos. A los pocos segundos, me elevo por la presión de la correa que tira hacia arriba, estrangulándome, levantado como un títere ciego, atrapado entre el frío de la pared, extrañamente lisa, y Su cuerpo. Me abre las piernas con las botas y me agarra las manos hacia arriba hasta que el ruido metálico de unos cierres me confirma que estoy sujeto a la piedra. Me coloca una correa ancha alrededor del vientre, sujetando todo el tronco como un corsé. Más ruidos metálicos de cierre confirman que me quiere bien amarrado y con el frontal expuesto. Cuando creo que ha terminado, mi Amo me fuerza a abrir la boca, me coloca una mordaza de silicona que la llena por completo y la aprieta con fuerza por detrás.
Mi polla palpita de nuevo por la excitación de estar atrapado a Su merced, encapuchado y amordazado. El aroma penetrante del material que cubre la estancia me envuelve por completo, así como el cautiverio de las correas que me preparan para lo que mi Amo tenga en mente hacerme. Estoy condicionado a este sometimiento después de años de servidumbre como Su esclavo con collar.
Se acerca a mi oreja derecha y me susurra: «Ya conoces el protocolo de las mañanas, y hoy no va a ser una excepción. Pero será más doloroso». ¿Habrá ducha fría? Parece que sí. Oigo el ruido de un grifo, y tras unos pasos, la presión del agua fría sobre mi cuerpo me arranca un gemido que me despierta de golpe. Mi Amo me limpia como a un animal con la manguera y, tras cerrar el grifo, siento el raspar de un cepillo de púas duras sobre mi piel. «Ya que te comportaste como un animal sin control ni cerebro que se lesiona llevado por el placer, hoy te trataré como tal. Tranquilo que te voy a sacar todos los bichos y garrapatas que llevas pegados».
Amarrado, no puedo escapar del cepillo de púas que mi Amo hace recorrer con firmeza por todo mi cuerpo. Las correas me impiden evitar que el cepillo recorra más las zonas sensibles de los lados y la parte interna de las piernas. Gimo y me agito sin poder pararlo, y sé que mi Amo está disfrutando, y eso me excita a mí también. Con mi error, le he dado la oportunidad de torturarme sin remordimientos ni piedad, y sé que lo está gozando.
Todo se detiene y parece que ha terminado. «Esto es un extra para que te acuerdes bien.» Siento de nuevo Su cuerpo atrapándome contra la pared, y cómo me aparta el culo de la pared con una mano para, acto seguido, pasar el cepillo por la zona azotada e inflamada. Me agito, grito, suplico, lloro, todo a la vez, pero deseo seguir sintiendo Su contacto en la piel, Sus firmes manos agarrándome para que no pueda huir, el olor del sudor vertido por Su esfuerzo en el poco aire que entra por el único agujero libre de la máscara.
Ahora sí que todo se detiene. No sé cuánto habrá durado la ducha hoy. Nunca son tan largas, nunca tan intensas. Me libera de la pared, y ciego me arrodillo a Sus pies para besar Sus botas, para lamer el agua salpicada en Ellas. Me emociono en silencio dentro de la máscara al sentir cierta ternura en Su forma de secarme con la toalla mientras le adoro arrodillado. Siento paz mientras mi cuerpo enfriado y dolorido agradece la calidez que va envolviendo cada parte, un masaje dirigido por Sus manos que tocan mis pezones, mi culo, mi polla enjaulada vibrante con deseo, atrapada dentro de la coraza de metal.
Mi Amo se aparta y me deja en el suelo, expuesto y ciego. Oigo un ruido metálico cerca de mí que identifico como dos boles de perro. «Arrastrate, gusano.» Me acerco a cuatro patas, guiado por Su voz y el ruido de la comida al caer en uno de los boles. Seguramente son las sobras de Su cena trituradas y mezcladas con arroz y otras cosas para hacer una pasta sin texturas. He podido tocar el recipiente, así que sé que lo tengo delante. No puedo oler bien dentro de la máscara, pero tampoco importa porque me lo comeré de todas formas.
Espero paciente, inmóvil, hasta Su señal. Me coloca los mitones en las manos como manda el ritual de la comida. Un gusano no tiene manos con las que coger la comida, y los mitones son un recuerdo constante de que las manos no deben ser usadas. Cuando oigo el chasquido de Sus dedos, asiento con la cabeza en silencio y acerco la boca al recipiente para encontrar la comida con la lengua, y empiezo a comer en silencio.
Mientras como, siento Sus manos acariciándome la cabeza. Hay cariño de Amo en ese gesto que me reconforta. A veces le gusta ponerme pinzas en los pezones o un plug en el culo para que sienta la humillación y el dolor incluso al comer, pero hoy no es el caso. Probablemente me espera un día largo y desea reservar mi cuerpo para lo que va a venir.
Me retira el bol y me quedo quieto. Oigo cómo escupe dentro de él y el ruido de cómo lo mezcla con la comida. Cuando oigo que el recipiente vuelve al suelo, espero de nuevo la señal. Otro chasquido, y vuelvo a amorrarme a él para seguir comiendo con aún más felicidad al sentir que me regala Su esencia, que formará parte de mí, y me adentro aún más en mi espacio de gusano, de animal que no decide sobre lo que come, lo que bebe, lo que hace.
Ciego, no puedo saber si he terminado todo lo que había. Seguro que quedan restos. Con los mitones, tanteo en la oscuridad y localizo el otro bol al lado, para beber. Ya sé lo que habrá, y disfruto al bebérmelo. Cuando termino, abro la boca, pues sé lo que vendrá. «Acábate lo que has dejado.» Su mano entra en mi boca con los restos que no he logrado acabarme, y lamo Su mano para dejarla limpia de mi comida. Hace lo mismo dos veces más, metiendo la mano al fondo de mi garganta como si me follara con Su puño, hasta que finalmente retira los boles.
Me limpia la boca con una servilleta e, inmediatamente, me coloca de nuevo la mordaza, apretándola con fuerza mientras se acerca a la oreja. «Ahora que no llevas bichos y ya has comido, vamos a pasar cuentas». Mi polla vuelve a endurecerse con violencia anticipando dolor y sadismo. Estoy preparado.




