El día que me quité la máscara: desnudando mi autismo

La Penitencia del Gusano (2)

septiembre 23, 2025

Herramientas para el esclavo autista: mi guía práctica

julio 18, 2026

La Penitencia del Gusano (2)

septiembre 23, 2025

Herramientas para el esclavo autista: mi guía práctica

julio 18, 2026

A mediados del 2024 llegó la confirmación oficial de la última pieza del puzzle de mi vida, y realmente la más importante: soy autista. La certeza absoluta, sin embargo, me había golpeado a principios de ese año mientras veía la serie documental de la BBC Inside Our Autistic Minds, presentada por Chris Packham. Fue en especial con el caso de Flo con quien conecté de inmediato al ver reflejado el esfuerzo diario del camuflaje social; empecé a llorar de pura emoción al verme tan profundamente reflejado. Al igual que en su caso, la confirmación oficial me llegó a los 45 años.

(Para quien le interese profundizar en este documental, se puede encontrar actualmente en la BBC, en varias plataformas de streaming y en fragmentos clave en YouTube).

Podría alargarme aquí mismo en párrafos hablando del impacto, de las lágrimas por tantos años de incomprensión y de sentirme roto. De analizar cada interacción social dolorosa, la exclusión o esos momentos de bloqueo y huida que por fin tenían sentido. Fue la liberación de iniciar un proceso con un terapeuta que me ayudó a entenderme y a quererme por quien soy.

En ese camino he comprendido también cómo mi presencia en el mundo kinky y mi forma de disfrutar el BDSM han estado íntimamente ligadas al autismo. Pero antes de entrar en futuras publicaciones a desgranar cómo las sesiones y las dinámicas del mundo leather se entrelazan con mi neurodivergencia, hoy necesito desnudarme ante vosotros. Necesito hablaros de la vivencia interna. De cómo se siente el espectro y de lo que verdaderamente significa colapsar cuando el cerebro satura.

El arte como espejo de la ceguera emocional

'Colapso', A.Lobo (Acrilico, A3)
‘Colapso’, de A.Lobo (Acrílico sobre papel)

El autismo es un espectro; no es una línea recta que va de «menos» a «más». Es un abanico dinámico de intensidades, colores y rasgos. No todos los autistas sentimos igual ni procesamos los estímulos bajo el mismo patrón. De la misma forma, la neurodivergencia es un paraguas muy amplio en el que cada condición funciona bajo lógicas diferentes y no siempre comparables, pero donde nos une ese encaje distinto con la mayoría a causa de formas de percibir la realidad profundamente diversas.

«Colapso» representa mi propia vivencia dentro de ese mapa, y pintarlo ha sido un acto de catarsis absoluta. El cuadro plasma con exactitud la anatomía de un meltdown tal y como yo lo experimento.

Imagínate rodeado y asfixiado por el grupo social al que crees que perteneces después de años de rechazo; cuando sientes que, por fin, ya no te van a marginar porque has encontrado a tu tribu, gente como tú que viste cuero o goma y que parecen cercanos, inclusivos, sonrientes. Pero, de repente, algo ocurre. Un detonante invisible para ellos te quiebra por dentro. En un instante, eres incapaz de sostener la máscara social (masking) un segundo más. Te congelas. Sientes un dolor agudo que te hiela saliendo directo del corazón; un frío cortante que, paradójicamente, emana como una luz azul que ilumina a los demás mientras tú gritas desde dentro, helado y desnudo.

A tu alrededor, el entorno se vuelve negro. Quienes te rodean ya no son amigos: se transforman en espectros, en amenazas difusas. Tu cuerpo entero pide a gritos huir, pero no puedes. Estás atrapado, petrificado en medio del escenario. Eso es ‘Colapso’, mi meltdown autista.

La escena del restaurante: prever el precipico

Hace un año viví esta pintura en mis propias carnes durante una cena de cumpleaños en un restaurante. Estábamos con amigos. Por el orden de llegada, terminé sentado en el centro de la mesa, un lugar expuesto. El bullicio del local y la intensidad de la interacción me iban cargando la batería en silencio, sin yo darme cuenta.

En un intento de integrarme en la conversación, surgió el tema de la decoración navideña (algo que me apasiona y que ese año me generaba especial melancolía). Al compartir con ilusión mis planes para el jardín para esas fechas, mi marido, llevado por su propia estimulación, comenzó a responder por mí de forma jocosa, lo que todos vieron simplemente como una broma social típica de grupo.

A los autistas nos suele costar mucho entender de forma natural el doble sentido, la ironía o cuándo una intervención es simplemente un juego. Para mi cerebro, aquello fue una patada emocional, una más entre tantas otras que he ido acumulando a lo largo de mi vida y que, inevitablemente, me transportan de golpe a ese lugar oscuro y solitario.

Sabiendo que el runrún en mi cabeza crecía por segundos, me quedé paralizado, incapaz de comunicar que necesitaba salir a la calle a respirar. Me volví ciegamente emocional. Incapaz de canalizar el dolor, reaccioné provocando daño emocional a mi pareja, devolviendo el golpe como lo haría un animal herido que se siente acorralado. Me encogí ante las miradas de incomodidad de mis amigos y me quedé atrapado en un bucle de rabia y desolación interna, oculto tras una sonrisa fingida. Fue una situación que me drenó por completo, me dejó exhausto y obligó a mi mente a absorber todo ese impacto en un estado psicológico durísimo.

Esa dolorosa desconexión fue, precisamente, el detonante que me llevó a cambiar las reglas del juego. En lugar de aislarme, lo hablé después con mi marido y, tras las necesarias disculpas pero ya sin sentirme culpable, decidí compartirlo con los amigos que estuvieron en la cena. Les comuniqué abiertamente que soy autista; no me lo guardé porque no sentía ninguna vergüenza. Necesitaba que formaran parte de mi realidad para que, si algo así volvía a ocurrir, supieran acompañarme en ese momento y pudieran también ponerle nombre y forma a la situación. Lejos de apartarse, me arroparon por completo. Me confesaron que se habían preocupado muchísimo durante la cena y que simplemente no habían sabido cómo ayudarme en ese instante. Me mostraron todo su apoyo y se interesaron de corazón por comprender mi forma de procesar el entorno para saber cómo acompañarme en el futuro. Al final, los amigos de verdad te entienden.

La gran diferencia con todas las veces anteriores fue que en esta ocasión no huí ni rompí relaciones: me quedé y lo resolví. Como parte de este aprendizaje, he aceptado que no puedo evitar los meltdowns ni los shutdowns una vez que ya estoy sumergido en ellos, pero sí que puedo cambiar radicalmente la forma de recuperarme: compartiendo lo que me pasa con mi entorno en lugar de echarlos de mi vida, culparlos o esconderme en la vergüenza. Además, ahora sé prever cuándo estoy cerca del precipicio: si lo veo venir, salgo amablemente del entorno para descomprimirme (ir al lavabo o salir fuera a respirar aire), y procuro sentarme siempre en la parte más exterior de una mesa para no quedar atrapado en el meollo social.

Mirando atrás, comprendo que esta falta de canales de comunicación fuertes también me causó estragos en mis inicios kinky. Al revisar mis recuerdos, puedo identificar meltdowns con mi Amo porque me saturaba una situación o algo que él hacía en la sesión y que yo no había sabido comunicarle previamente. Eran nuestros principios; tuve explosiones que, debido a la culpa, asumía y aceptaba naturalmente como castigos por mis malas formas. Ocurrió lo mismo en grandes fiestas de fist, donde la saturación social era tan abrumadora que decidí evitarlas por completo, descubriendo que mi bienestar radicaba exclusivamente en las sesiones 1 a 1.

Lo que necesito compartir: entender el impacto real

Para una persona autista, es un salvavidas que su entorno cercano entienda perfectamente cómo funciona su mente. Vivir con la constante posibilidad de colapsar es una carga invisible muy pesada, y resulta crucial que quienes nos rodean dejen de juzgar estos estados bajo la óptica neurotípica:

  • El Masking (Camuflaje Social): Es el esfuerzo constante, ya sea consciente o inconsciente, por ocultar mis rasgos autistas y adoptar comportamientos neurotípicos para encajar y no ser rechazado. Significa forzar sonrisas, calcular cuándo hacer contacto visual o ensayar mentalmente conversaciones. Es una actuación agotadora; esa carga de intentar conseguir la validación y la inclusión a través de un esfuerzo te va quemando la cabeza por dentro, destruyéndote mentalmente y dejándote mal al final del día, pero con la agridulce recompensa de haber conseguido esa tan deseada integración y aceptación.
  • El Meltdown (Colapso): No es un berrinche infantil ni una rabieta para llamar la atención. Es una respuesta biológica e involuntaria ante una sobrecarga sensorial o emocional absoluta. Cuando el nivel de piedras en la mochila satura, el cerebro entra en modo de supervivencia y reviento en un «volcán justiciero», sacando los bisturís emocionales contra las personas que más quiero. Después, me inunda una culpa atroz por las formas de la explosión.
  • El Shutdown (Apagón): No es una simple desconexión voluntaria ni «no querer hablar». Es el colapso hacia dentro; ocurre cuando el cerebro decide apagar los sistemas externos para protegerse de la saturación. Como me ocurrió en el restaurante: parálisis, mutismo y aislamiento absoluto mientras ando entre fantasmas que hace un momento eran mis seres queridos.
  • El Stimming (Autorregulación): Consiste en comportamientos o movimientos repetitivos (corporales, verbales o mentales) que sirven para balancear un sistema nervioso sobreestimulado o ansioso. No es algo extraño que deba ser ridiculizado o reprimido; es el mecanismo natural e imprescindible que tiene nuestro cerebro para liberar tensión. En mi caso, ante la represión de otras formas más visibles y convencionales de autorregulación, encontré mis propias vías de stimming a través del BDSM, como ya explicaré en detalle en el próximo post.
  • El Autistic Burnout (Agotamiento Autista): Un estado prolongado de vacío mental, físico y pérdida de habilidades provocado por meses o años de camuflaje social (masking). El intento constante de ser alguien social para encontrar el encaje me hizo experimentar una situación extrema en 2011. Fue una época en la que, tras haber aprendido las normas sociales a nivel teórico, me dediqué a experimentar con ellas sin darme cuenta de que estaba haciendo un masking constante y masivo en demasiados entornos nuevos. Lo que en su momento creí que era un simple burnout laboral, en realidad tenía mucho más de burnout autista. Lo superé sin darme cuenta cuando me decanté por darme un descanso de mis intentos de emular a los demás en las fórmulas de aceptación social masiva; decidí no ampliar mi vida social a círculos de grupo (como los eventos laborales de after work) y volver al formato 1 a 1 con mi círculo de amistades más íntimo, que de forma natural no me generaba la carga que me estaba hundiendo. Ese aislamiento selectivo que busqué, ahora lo entiendo como la pausa exacta que necesitaba mi cuerpo para poder recuperarse.

De los mecanismos de defensa a la celebración

Al no entender antes que tengo una discapacidad de tipo social, no era capaz de ver que era yo quien tenía que comprender la situación desde otra perspectiva y hablarla. Ahora, con el apoyo psicológico, he aprendido mecanismos de comunicación asertiva para no dejarme arrastrar por esos viejos automatismos; especialmente con la gente que me quiere y que, en realidad, no actúa con ninguna maldad.

Y aún más importante: ya no me siento roto, sino diferente. Es cierto que abrir la caja de Pandora de mi adolescencia me ha dejado en un momento de vulnerabilidad inédito. Me aterroriza mostrarme así ante mis seres queridos por miedo a que se aparten de mí, como tantas veces ocurrió en mi infancia tras un colapso. Pero el diagnóstico me ha traído un regalo invaluable: la liberación de la culpa.

Y es sumamente importante para mí traer todo esto en el contexto del BDSM y de este blog, porque al final el BDSM es social: es relación, es conexión y es comunicación. Aunque dentro de estas prácticas existen elementos de excelencia gracias a las capacidades especiales que un autista trae consigo, es fundamental reconocer que toda mi forma de vivir, de expresar el kink y de encajar en la comunidad tiene puntos distintos. Eso me sitúa en una minoría dentro de esta minoría que ya es de por sí nuestro entorno; algo que debe ser reconocido y, una vez libre de culpa, celebrado.

Mientras tanto, este blog no cambia de rumbo, pero sí que tendrá nuevos matices, puesto que a partir de ahora habrá un punto de vista explícito desde el espectro. Porque mis líneas se dirigen a aquellos que abrazan la neurodivergencia, el autismo y las formas alternativas de conectar en un mundo que a menudo resulta demasiado ruidoso.

Para aquellos que os encontréis en este mismo viaje de descubrimiento o queráis comprenderlo mejor, os recomiendo enormemente dos lecturas que me han ayudado a poner perspectiva: El Poder de la Neurodiversidad de Thomas Armstrong, y El Autismo sin Máscara del Dr. Devon Price.

Gracias por acompañarme al centro de mi mundo negro. En el próximo post, os contaré cómo sin imaginármelo adopté el BDSM en mi salvavidas y en mi forma de hacer stimming.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *